Alexander Hernández Camacho

Alexander Hernández Camacho

La administración financiera es la rama de la administración general que se encarga de administrar los recursos financieros, o sea, el dinero.  Así de clara ha sido la teoría financiera desde siempre.  Ahora bien, la administración de la plata siempre ha sido un tema complejo, pues mientras el dinero es un recurso limitado y escaso, para lo único que sirve, es para satisfacer necesidades y por principio,  estas son ilimitadas.
Todos, en algún momento, nos hemos visto enfrentados a lo que los economistas llaman el Problema Económico Fundamental, las empresas lo identifican como un problema de solvencia, el Gobierno le llama déficit fiscal y el asalariado común le llama:  “no me alcanza la plata”.
¿Cuáles son las medidas que cada uno toma para resolver su problema?.  Los economistas determinan instrumentos de política monetaria, fiscal y cambiaria entre otras, para intentar resolver los desequilibrios macroeconómicos.  Las empresas intentan ante todo mejorar ventas y hacer más eficientes sus  procesos productivos, con el fin de cumplir con su objetivo de siempre, de maximizar las utilidades con el mínimo riesgo posible y sin menoscabo de la calidad de sus productos o servicios, o sea de forma eficiente.
En el caso de las familias,  cuando la cosa aprieta,  lo común es que más miembros del núcleo familiar accedan a fuentes de empleo para llevar platita que ayude a empujar la carreta familiar.  A veces, se busca otro empleo que remunere mejor y por supuesto,  se le mete mano a los gastos que no estén en la base de aquella pirámide de necesidades.
En la defensa de este plan fiscal,  escuchamos al Ministro de Hacienda cantar la misma perorata del 94 cuando también era ministro y cuando tampoco resolvió el problema de las arcas vacías que dijeron heredar del anterior Gobierno.  Sigue este Gobierno con la misma cantaleta de querer resolver su problema de disciplina en el gasto por la vía  fácil,  que no es lo mismo que la vía rápida aplicada al trámite legislativo de este mamarracho, en el que ha terminado por convertirse la tal reforma fiscal.
El gobierno sigue con la misma receta de siempre.  Denme más plata para seguir la fiesta de la ineficiencia,  del despilfarro,  de la falta de supervisión y control efectivo del gasto, de los presupuestos sin ejecutar y de instituciones superavitarias que terminar por servir de poco a la sociedad.  Sigamos pidiendo a la gente más sacrificio, para seguir con el festín de crear más puestos públicos, para engrosar la lista de inoperancia de ese sector,  para seguir comprando votos cada cuatro años con puestos que no se ocupan,  para seguir metiendo trámites innecesarios a procesos cada vez más engorrosos y más lentos.
Al igual que el muchachillo inconsciente que pide plata a los tatas para seguir la fiesta sin la más mínima responsabilidad,  el Gobierno sigue enfrascado en continuar por la senda del camino fácil.
Darle más recursos a estos hijos mal educados, que no han sabido administrarlos, constituye un remedio que puede ser más caro que la enfermedad.         Alexander Hernández Camacho,
La administración financiera es la rama de la administración general que se encarga de administrar los recursos financieros, o sea, el dinero.  Así de clara ha sido la teoría financiera desde siempre.  Ahora bien, la administración de la plata siempre ha sido un tema complejo, pues mientras el dinero es un recurso limitado y escaso, para lo único que sirve, es para satisfacer necesidades y por principio,  estas son ilimitadas.
Estoy cansado. Los ciudadanos honestos de este país lo estamos. Hay una alta dosis de frustración por el estado de indefensión que sentimos y la frustración cotidiana ante la enorme estela de corrupción,  impunidad, desatención y  negligencia.  Este sentimiento ha venido ganando terreno, pues no sale uno del asombro de una cosa cuando se conoce de otra.  Lo más grave, es que hay una progresiva pérdida de confianza en la institucionalidad del país y eso le hace muy poco bien a nuestro sistema democrático.  Con dolor, debo admitir que veo en mucha gente poco optimismo por el devenir del país y la sociedad reclama un cambio.
A manera de ejemplo, el 04 de agosto pasado, camino a San Pedro de Poás, después de una minuciosa revisión a mi carro y mis documentos y ante mi contundente negativa a dejarme persuadir para ofrecer un soborno, el oficial de tránsito me hizo un parte porque no portaba chaleco reflector.  En el parte se indica que violenté el artículo 134 C y que la multa es de ¢94.860.00.  Después de recibir el parte y la “generosa” oferta del oficial de que visitara a un abogado amigo suyo, para que me tramitara  la respectiva apelación y mi inmediata negativa a tal negocio,  me retiré con la convicción de que tendría que sacar la suma dicha más el 30% para pagar mi pena por ser un infractor de la ley.  Como corresponde, jamás cuestioné la desproporción de la pena. Jamás pensé si quiera en apelar el parte.  Jamás pasó por mi mente ofrecer un solo céntimo  a nadie para burlar la aplicación de la ley, pues se me enseñó de niño que la ley es la ley y debe respetarse.
En estos días; la Sala IV elimina multas consignadas en una Ley,  que se supone fue consultada a esa instancia antes de ser aprobada.  Se imponen medidas cautelares ridículas a un funcionario de alto rango del Ministerio de Justicia por andar borracho y chocar con 12 carros, se aprehenden malhechores que cuentan con gruesos expedientes delictivos pero que sorprendentemente andan libres.  Cabe entonces, cuestionarme, si no portar un chaleco reflector, podrá ser algo tan peligroso para la vida o para la sociedad, como no  usar el cinturón de seguridad, manejar a altas velocidades o circular borracho.  Definitivamente y como lo dije hace muchos meses en este mismo espacio, Costa Rica es el país de la lógica inversa.
Me siento preocupado de ver el vacilón este en el que estamos convirtiendo en Costa Rica la aplicación de las normas y el mensaje que mandamos respecto de la fortaleza jurídica del país.  Un Congreso que legisla mal, un tribunal  remendón y un Poder Judicial alcahuete, permisivo y poco uniforme en la asignación de medidas cautelares ante delitos similares; hacen ver que la cosa no anda muy bien que digamos.
Empecé este comentario justificando a la gente cuando dice, que se sienten cansados de que el país está hecho a la medida de los infractores y delincuentes y que el sistema atenta contra los ciudadanos apegados al cumplimiento de leyes y normas sociales.  Les dije que la gente buena se está cansando y que la frustración de los buenos es comprensible, pero también estoy seguro de que los más, somos gente buena y estoy seguro que como en las fábulas que veía de chiquillo, el  bien siempre vence.
Por eso y a manera de reflexión, quisiera decirles a ustedes… gente buena que mañana a mañana escucha PANORAMA, las mismas palabras dichas por San Pablo y que han servido de título a este comentario.  “No te dejes vencer por el mal; antes bien, venced al mal a fuerza de bien…
Comentario de Alexander Hernández Camacho,
Estoy cansado. Los ciudadanos honestos de este país lo estamos. Hay una alta dosis de frustración por el estado de indefensión que sentimos y la frustración cotidiana ante la enorme estela de corrupción,  impunidad, desatención y  negligencia.  Este sentimiento ha venido ganando terreno, pues no sale uno del asombro de una cosa cuando se conoce de otra.

Cuando yo era chiquillo, el 12 de octubre lo celebrábamos entre vestidos de “yute” y caras pintadas con betún;  entre el canto de una hermosa canción que se llamaba “pasión” y del himno a Cristóbal Colón.  Los actos cívicos en la escuela versaban sobre los viajes del almirante,  los sueños que perseguía de alcanzar las Indias Orientales y se contaban allí los diversos viajes que hizo a América. Desde su llegada a Gunahaní primero, hasta su arrivo a nuestra hermosa isla Quiribrí (que significaba tierra firme en lengua nativa) el 18 de setiembre de 1502, lugar que hoy es nuestro muy amado Puerto Limón.

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Uno de estos días, una compañera de trabajo me pasó por correo el discurso que el político canadiense Thomas C. Douglas, pronunciara en medio del aplauso acalorado de quienes le escuchaban.  Aquel discurso era un jocoso video  llamado “Tierra de Ratones”, que bajo el disfraz de una fábula, revelaba una realidad tan cruda, como la  que viven hoy sociedades como la nuestra, que bajo el ala de una democracia electoramente muy activa; cada cuatro años, cumple el ritual de la elección que no revoluciona nada, que no resuelve nada y que ha venido prolongando la cultura de la chambonada, de las Juntas de Notables que no hacen notar nada, de la improvisación y de los parches que nos tienen abandonados como nación que dice perseguir su desarrollo.
El discurso narraba la historia de un país de ratones, en el que se tenía la democracia como sistema político y en el que cada 4 años se elegía a los gatos como representantes del pueblo.  Esos gatos, aprobaban leyes que ayudaban a los ratones pero que los beneficiaban muchas veces más a ellos y a sus propios intereses o que una vez aprobadas tenían que volverse a tramitar porque los roces inconstitucionales o las desproporciones, las hacían inaplicables o simplemente, por pose electorera,   motivaban cambios oportunistas para congraciarse con las masas y perpetuar así las discusiones de posibles ajustes por largos años.
Conforme pasaba el tiempo y los ratones observaban con frustración que los gatos negros que elegían no resolvían los problemas y más bien estos se hacían más intensos, decidieron elegir gatos blancos,  que incorporaban cambios pero más cosméticos que estructurales y eso hacía que los problemas de la población de ratones siguieran siendo los mismos o peores que los anteriores.  En fin, el país había caído en un desgobierno total y la cosa estaba paralizada.
Tal y como ustedes –queridos oyentes de PANORAMA- están pensando, yo creo también que aquel país de ratones no se diferencia en mucho de la realidad que vive nuestra querida Costa Rica desde hace ya varios años.   Allí vemos a los gatos que siempre repiten y han estado allí,  unas veces en la Asamblea Legislativa, otras veces en los ministerios, y otras en las alcaldías; o bien, en las Juntas Directivas, Presidencias Ejecutivas o Gerencias de las autónomas y de los bancos.
A estos, les sienta más que bien la comparación con un gato,  pues al igual que estos, siempre caen parados y aunque su gestión sea mala, siempre terminan siendo reubicados en otro puesto de igual o mejor nivel, con el que pueden seguir pegaditos a las mamas del Estado, que por ser de todos no es de nadie; y en el que, el poder de los escritorios y tramitologías asfixiantes,  prolongan el vacilón de la inejecución y el estancamiento.
Esta reflexión siempre es oportuna pero más en tiempos como los que vive nuestra democracia,  urgida de que nos hagan un pueblo más crítico, un pueblo no solo alfabetizado sino educado. Un pueblo  que exprese con respeto sus ideas, pues como el mismo Tomas C. Douglas dijo al cerrar su discurso: “…se puede encerrar un hombre pero no se puede encerrar una idea”
Uno de estos días, una compañera de trabajo me pasó por correo el discurso que el político canadiense Thomas C. Douglas, pronunciara en medio del aplauso acalorado de quienes le escuchaban.
"Pasé más de la mitad de mi vida preocupándome por cosas que jamás iban a ocurrir"  Creo que esta frase célebre, de un estadista como Winston Churchill,  cae como anillo al dedo en un momento como este, caracterizado por una serie de informaciones terroríficas que pronostican catástrofes financieras y colapsos económicos de las más grandes economías.
Los acontecimientos en las Bolsas más importantes del mundo hacen obligatorio preguntarse: ¿qué hechos concretos reales han sucedido después de la recalificación hecha por Standard & Poors a la deuda de Estados Unidos?.  No ha pasado nada más que una enorme inyección de temor en los mercados, seguida de una enorme especulación y una alarma mundial que tiene en vilo hasta al más gato de los economistas.
¿Por qué entonces temer a las catástrofes financieras que se anuncian, desde que una empresa desmejoró la calificación a la capacidad de pago de un país?  ¿Cómo creer en esa recalificación, si esa empresa fue la misma que en 2008 dijo que las carteras crediticias hipotecarias en Estados Unidos eran triple A?
¿Será que los señores de Standard & Poors tienen alguna vinculación con el Partido Republicado, principal interesado en que el Gobierno de Barack Obama colapse? ¿Habrá intereses políticos en esto? ¿Quiénes ganan con la especulación de precios de acciones o de productos claves como el petróleo y los alimentos?  En lugar de temer, debemos esforzarnos por seguir siendo instrumentos de desarrollo para nuestras familias y con ello, para nuestros países y nuestro mundo.
Un día de estos, el Presidente Obama dijo que la calificación de una empresa no hará que Estados Unidos deje de ser la gran nación que es.  Citó más o menos lo siguiente:  “A Estados Unidos lo hacen grandes 3 cosas: Las personas que son trabajadores inteligentes y altamente productivos,  la tecnología que usamos que es la más avanzada y mejor del mundo y esta nación es grande por los empresarios, que son visionarios y tienen sueños…”
Ante la promoción de tanto miedo y ante las manifestaciones de algunos fanáticos religiosos que le achacan a Dios estas calamidades apocalípticas, me quedo con la reflexión del estadista inglés y me pongo en la acción continua.
Sería bueno preguntarnos: ¿Qué es lo que hace grande a esta pequeña Costa Rica?  ¿Serán los políticos ineficientes, corruptos y cínicos? ¿Será la pasión ciega por un deporte como el fútbol, de muy malos resultados por cierto?  ¿Será que a Costa Rica, sumida en una cultura de guaro desmedida, la hace grande una marca de cerveza?  Definitivamente NO.
Si usted, estimado oyente quiere saber lo que hace grande a Costa Rica, pues reflexione en la Letra de nuestro Himno Nacional y de la Patriótica Costarricense. Son letras que describen con gran claridad lo que nos hace grandes.  Solo necesitamos creerlo.
"Pasé más de la mitad de mi vida preocupándome por cosas que jamás iban a ocurrir"  Creo que esta frase célebre, de un estadista como Winston Churchill,  cae como anillo al dedo en un momento como este, caracterizado por una serie de informaciones terroríficas que pronostican catástrofes financieras y colapsos económicos de las más grandes economías.
Uno de los personajes más famosos en esta tiquicia bendita es el sentido común, pues todo el mundo habla de él, a todo el mundo le es familiar y hasta alardeamos de nuestra íntima relación con sus bondades.   Este popular señor es más conocido que la pobreza,  todo el mundo le invoca y todo el mundo dice decidir siempre bajo el consejo sabio de su mejor amigo, don “sentido común”.
Aunque parezca mentira, hay mucho escrito sobre este popular personaje y se cita a Aristóteles y Santo Tomás de Aquino como referentes indiscutibles.  Se dice de él, que “es lo que la gente piensa a nivel general sobre un tema en particular.  Es un acuerdo natural de las personas sobre algo. Se entiende como una creencia que la gente considera prudente sobre un tema o situación, sin necesidad de que esa información esté comprobada científicamente o que sea parte de un conocimiento esotérico; lo único que importa en este caso es que la mayoría de las personas lo creen o lo tienen en “común”.
Un factor importante relacionado con el sentido común es la experiencia que cada persona ha tenido en el transcurso de su vida. Muchas de esas experiencias resultan en algo positivo en la mayoría de las personas, por lo que, según el conocimiento que se adquiriere con base a esas experiencias, se establecen creencias que a nivel popular son de buen juicio. De hecho, muchas de las cosas que se creen como correctas, vienen desde generaciones pasadas, en tiempos anteriores, en los cuales, por la experiencia de otros, se establecieron cosas como buenas o prudentes y han perdurado con el tiempo.
Al amparo de estas reflexiones, llama la atención la enorme lista de vivencias de cada día, en las que vemos cómo, en Costa Rica, hay una enorme ausencia de esto que,  pareciendo tan común en la vida,  no es tan común en su aplicación efectiva.
Por ejemplo, si todos los empleados que cotizamos al Régimen de Enfermedad y Maternidad, al momento de incapacitarnos por enfermedad, recibimos un subsidio  de la CCSS y durante el tiempo de incapacidad esos subsidios no computan para el pago del aguinaldo, lo que dicta el sentido común, además de la legalidad, es que a los empleados de la CCSS les aplique exactamente la misma normativa.
O bien, cuando un ministro, alcalde, presidente ejecutivo o cualquier funcionario público o privado, vulnera las normas éticas y mueve fichas a lo interno de la institución que dirige, para lograr irse de viaje con una subalterna, haciendo uso de tiempo y recursos que no son propios; lo que dictamina el uso del sentido común,  es un despido inmediato, sin la más mínima espera.
Si está más que determinado por la ciencia médica y por la lógica universal, que una persona no tiene que fumar frente a sus hijos menores porque las implicaciones en su salud y en la salud pública son de altísimo costo para el país,  ¿por qué es tan común ver a adultos fumando, con sus hijos como únicos receptores de ese humo asesino?.
Si el uso del cinturón de seguridad o el no consumir licor cuando se maneja, son parte de la lógica más elemental que debería tener cualquier ser humano de inteligencia promedio; ¿cómo es que tiene que existir un margen de tolerancia para conductores de mayor experiencia?
Es interesante la frase popular esa que dice que "El sentido común, no es el más común de los sentidos",  pues encierra dentro de si toda un razonamiento social y de alguna manera desnuda la realidad en un país como el nuestro,  donde abundan las decisiones que lo dejan a uno con el sinsabor de si ha privado en ellas, la lógica legal, la irresponsabilidad, la ocurrencia, el deseo por usurpar el dinero de todos o la carencia absoluta de sentido común a la hora de tomarlas.
Lo que encierra el sentido común no es otra cosa que la voz de la conciencia, a la cual, una mayor atención,  no inspiraría decisiones más acertadas, que nos aseguren el desarrollo económico, pero que ante todo,  nos permitan prolongar la justicia social, pilar fundamental de la democracia.
Uno de los personajes más famosos en esta tiquicia bendita es el sentido común, pues todo el mundo habla de él, a todo el mundo le es familiar y hasta alardeamos de nuestra íntima relación con sus bondades.   Este popular señor es más conocido que la pobreza,  todo el mundo le invoca y todo el mundo dice decidir siempre bajo el consejo sabio de su mejor amigo, don “sentido común”.
Costa Rica goza de uno de los índices de desarrollo humano más grande de América Latina y nos codeamos con los países desarrollados en términos de expectativa de vida y baja mortalidad infantil.  ¿Quién podría cuestionar que estos logros han sido posibles por la existencia de la Caja del Seguro? ¿Quién podría ser capaz de negar, que la creación de esta institución ha sido uno de los más grandes legados de antepasados visionarios? ¿Es posible que alguien cuestione que el sistema de seguridad social solidaria es la base fundamental sobre la que se construyó el país, en la segunda mitad del siglo veinte? ¿Por qué entonces la Caja tiene tantos enemigos?
La lista la encabezan los Gobiernos que la han administrado como si fuera una enorme Caja Chica, que han perpetuado el no pago de las cuotas obreras y patronales y que la han usado como botín político para pagar con puestos, las ayudas en las campañas políticas.
Le siguen los empresarios morosos,  que van desde las mismas instituciones públicas, siguiendo por todo tipo de empresas privadas y terminando con algunos equipos de futbol, que son malos en lo deportivo y peores en su gestión financiera.
Hay también muchos usuarios,  que tienen por deporte ir a las clínicas del seguro por cualquier dolor de pestañas, que andan viendo a ver qué médico les acepta sobornos para ser incapacitados o de qué forma comercializan los medicamentos que reciben de la Caja.
Un serio enemigo, son unos pocos pero peligrosísimos funcionarios.  Cuando hemos sido informados por los medios de comunicación de que en la CCSS,  pululan los médicos que tramitan incapacidades para que los “enfermos” se vayan de viaje o a la playa,  para que dediquen el tiempo a hacer campaña política, para evadir un juicio en los tribunales y hasta para dormir una borrachera, no puede caber en uno,  un sentimiento que no sea la frustración.
¿Qué placer sentirán aquellos que humillan a la gente que llega cada día a los centros de salud pública?.  ¿Cómo tratan al labriego sencillo,  que no cuenta con más alternativa que ir a hacer esas enormes filas a las salas de emergencias de los hospitales y a las clínicas de la Caja?
Creo firmemente en la CCSS,  creo urgente su fortalecimiento y reprocho los esfuerzos de muchos por privatizarla o municipalizarla.  Pero es necesario y extremadamente urgente,   sacar a los sinvergüenzas que la han saqueado en sus finanzas,  meter a la cárcel a los delincuentes que hacen biombos cada día y ante todo,  creo que es urgente una CIRUGIA MAYOR que la limpie de un puñado de ineptos que atienen cada día a las personas de mala forma,  sin mística y por simple obligación.
Los asalariados costarricenses somos los socios mayoritarios de esta empresa costarricense y por eso nuestra atención debe SIEMPRE estar por encima de la de todos aquellos extranjeros ilegales que por miles copan los servicios de salud pública. La humanidad empieza por casa.
Los funcionarios de la CCSS no están haciendo ninguna obra de caridad ni están dando limosna, pues esta es una empresa pública que se financia con recursos de todos los que la financiamos. Cada funcionario de la CCSS recibe muy puntualmente su salario, además de los beneficios contenidos en sus convenciones colectivas.
El salario del que mes a mes disfrutan,  se logra con el esfuerzo de miles de ticos y algunos extranjeros que responsablemente cotizan y pagan sus cuotas;  con nuestros aportes, generamos lo suficiente para que lo reciban y parte ineludible de sus funciones,  es atender de forma cordial y humana a las personas.
Todos estos enemigos hay que ver de qué forma los exterminamos, cual tumor maligno, de esta Caja que nos es botín de nadie, sino sustento del bienestar social de todos nosotros los costarricenses: SUS DUEÑOS.
Costa Rica goza de uno de los índices de desarrollo humano más grande de América Latina y nos codeamos con los países desarrollados en términos de expectativa de vida y baja mortalidad infantil.  ¿Quién podría cuestionar que estos logros han sido posibles por la existencia de la Caja del Seguro? ¿Quién podría ser capaz de negar, que la creación de esta institución ha sido uno de los más grandes legados de antepasados visionarios? ¿Es posible que alguien cuestione que el sistema de seguridad social solidaria es la base fundamental sobre la que se construyó el país, en la segunda mitad del siglo veinte? ¿Por qué entonces la Caja tiene tantos enemigos?

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